Entonces la Pequeña Alma se dio cuenta de que se había reunido una gran multitud. De todo lo largo y ancho, de todos los rincones del Reino, habían venido almas, porque se había corrido la voz de que la Pequeña Alma sostenía una extraordinaria conversación con Dios, y todos querían oír lo que decían.
Viendo a las incontables almas reunidas, la almita tuvo que coincidir: nadie parecía ser menos maravilloso, menos magnifico o menos perfecto que ella misma. Tal era el esplendor de las almas reunidas y tan brillante era su Luz, que la Pequeña Alma apenas podía sostener su mirada.
-¿A quien perdonar entonces? –preguntó Dios.
-¡Oh, creo que esto será muy aburrido! –Gruñó la almita-. Quería experimentarme como El Que Perdona. Quería saber como es esa parte de lo especial.
Y, así supo como es estar triste.
Pero entonces un Alma Amistosa salio de entre la multitud:
-No te preocupes, Pequeña –le dijo-. Yo te ayudare.
-¿De verdad? –Replicó, con el rostro iluminado-. ¿Pero qué puedes hacer?
-Puedo darte a alguien para que lo perdones.
-¿Puedes?
-¡Desde luego! –canturreó el Alma Amistosa-. Puedo ir a tu siguiente vida y hacer algo para que lo perdones.
-Pero… ¿por qué habrías de hacerlo? –Preguntó la Pequeña Alma-. ¡Tú, que eres un Ser de tan absoluta perfección! ¡Tú, que vibras con gran rapidez creando una luz tan brillante que apenas puedo verla! ¿Qué podría hacer que frenaras tu vibración hasta que tu luz se hiciera oscura y densa? ¿Qué podría hacer que tú, que eres tan ligera como para bailar en las estrellas y desplazarte por el Reino a la velocidad del pensamiento, entraras a mi vida y te volvieras pesada como para hacer una cosa tan mala? -Es muy fácil –repuso el Alma Amistosa-. Lo haría porque te amo.
viernes, septiembre 01, 2006
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